[OPINIÓN] ¿Anarco-fascismo?

resistencia

Por Gustavo Esteva

Fascismo y anarquismo designan, como términos técnicos, ideologías y prácticas, corrientes de pensamiento y de acción, formas de gobierno y de comportamiento. En el lenguaje común, operan a menudo como meras etiquetas que distintos grupos emplean para descalificarse mutuamente.

En su diccionario, la Real Academia retiene el sentido técnico de las dos palabras y se abre a otras acepciones. Sería fascista alguien excesivamente autoritario. La anarquía sería desconcierto, incoherencia, barullo; sería también desorden, confusión, perturbación de la vida pública por relajación de la autoridad.

Más que la anarquía, esas condiciones caracterizan la condición actual del mundo. En todas partes hay desconcierto, incoherencia, desorden, confusión, perturbación de la vida pública por relajación de la autoridad. Pero no hay ausencia de poder público, como la anciana academia define equívocamente el anarquismo, sino lo contrario: el autoritarismo excesivo que ella considera fascista. La fragilidad, incompetencia y falta de legitimidad de los gobiernos, a medida que pierden capacidad de conducción, los lleva a recurrir cada vez más a la fuerza pública, de manera irracional y abusiva, con lo cual aumentan desconcierto, incoherencia, desorden, confusión… Si adoptáramos esos significados comunes de las palabras, santificados por la academia, estaríamos viviendo en un régimen que resulta fascista y anarquista a la vez, un gobierno anarco-fascista.

Hay analogías claras entre las situaciones actuales y las que propiciaron el surgimiento de los fascismos de los años 30. En ambos casos se trata de sociedades en crisis en las que se ha perdido la confianza en ideologías e instituciones unificadoras. Cunde en ellas la atomización de los individuos, la confusión y la inseguridad, particularmente en las clases medias, y se intensifican diversas formas de racismo…

Hay una razón sólida de la analogía: el régimen dominante, formado por el matrimonio del capitalismo y la democracia liberal, entró en profunda crisis tanto en los años 30 como ahora, afectando seriamente condiciones de vida relativamente estables y oportunidades reales o imaginadas de mejorarlas. Como no se dispone de fórmulas de repuesto que susciten consenso general y aumenta la incertidumbre, emergen fundamentalismos y demagogias y prosperan los líderes carismáticos.

Existen muchas semejanzas, pero también diferencias radicales. Ha pasado la época de los líderes carismáticos. No hay ahora uno solo a la cabeza de países o partidos y ocupan su lugar personajes muy menores que tienen escaso impacto en la población. La efervescencia fundamentalista provoca fragmentación y confrontación, en vez del encuadramiento unitario que consiguieron los fascismos de los años 30. Mientras éstos lograron identificar reivindicaciones sociales con reivindicaciones nacionales, el sello nacionalista se halla en la actualidad bastante ausente.

El socialismo acentúa el contraste. En los años 30 el socialismo aparecía como una opción real para millones de personas en muchos países. Numerosos analistas siguen considerando que los fascismos de los años 30 fueron reacciones antisocialistas y todos se vieron obligados a incorporar elementos socialistas en sus plataformas o sus prácticas. Aunque los ideales socialistas siguen vigentes en la actualidad, el régimen que se les asocia provoca rechazo en millones de personas. Quienes lo impulsan se ven obligados a diferenciarse de los socialismos reales que hace tiempo dejaron de constituir una opción real para la mayoría.

El régimen fascista de los años 30, además, sentó las bases del estado de bienestar en varios países, como en Italia, y en todas partes creó sistemas de protección social y usó fórmulas asistencialistas. Hoy, en contraste, los autoritarismos desmantelan el estado de bienestar, aunque algunos traten de disimularlo con populismos de izquierda o de derecha.

La tensión y contradicción de la expresión despotismo democrático caracteriza mejor a los regímenes autoritarios actuales que el calificativo fascista, que quizás debería reservarse para los de los años 30.

En el otro extremo, es cierto que algunos grupos anarquistas recurren a la violencia, el desorden e incluso el terrorismo como estrategias de lucha. Pero las principales corrientes anarquistas reivindican explícitamente la ley y el orden, la concertación, la coherencia, la claridad, la fuerza de la autoridad… todo ello referido, naturalmente, a lo que la propia gente, los hombres y mujeres ordinarios, deciden y acuerdan para convivir en armonía. Son corrientes decididamente opuestas, por buenas razones, a cualquier orden impuesto desde arriba. Se orientan a la conquista de la libertad, conscientes de que su pleno ejercicio requiere una estructura propia que articule procedimientos políticos y jurídicos construidos desde abajo. Es algo muy distinto al régimen que hoy prevalece en el mundo, en que los de arriba siembran desorden y confusión al tratar de imponer un orden de despojo e injusticia que convierte la vida social en prisión (John Berger), cuando no en campo de concentración (Agamben).

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Publicado el 12 noviembre, 2013 en Sin categoría. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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