A SALTO DE MATA

Mis venas no terminan en mí, sino en la sangre unánime de los que luchan por la vida, el amor, las cosas, el paisaje y el pan, la poesía de todos.
Roque Dalton

Por Iván Vega
Una bestia metálica surca la vasta geografía de un rompecabezas llamado México. En la frialdad de su lomo van montados los sin nombre, los sin rostro, los «no future», aquellos que nutren las estadísticas, los eternos prescindibles en los cálculos de muerte y fantasmagoría del capitalismo asesino. En esa oruga mecánica se desplazan miles de hombres y mujeres hacia la nada, y así, con esa nada anticipada en el estómago y los bolsillos, con esa nada a cuestas, siembran semillas de un sueño americano y cosechan fragmentos de una pesadilla innombrable.
Los que logran llegar a su destino -cruzando la frontera- son el impulso motor de una economía que es la base de este sistema que criminaliza su ilegalidad migratoria pero que, haciendo gala de su hipocresía, los usa como la fuerza de trabajo más barata, la peor remunerada y sobreexplotada. Tras ellos una estela de hermanos muertos, torturados y desaparecidos. Este rompecabezas que llamamos México significa para ellos y los suyos un campo minado, un territorio hostil en el «mejor» de los casos, una temporada en el infierno, el camposanto. Unos mueren y son el dolor anónimo de sus familias. Otros se esfuman, o algo muy siniestro «los esfuma», y desde su ausencia nos miran absortos continuar como si nada: son los fantasmas que nos contemplan desde el fondo de ese abismo que se los tragó y que habita en cada uno de nosotros: una forma de complicidad ataviada de silencio y pasividad. Ellos nos miran sin parpadear desde las fotografías que cuelgan en el pecho de sus madres. Pero en los días que corren la cobardía abunda como forma estandarizada de vida y ésta, como es sabido, prefiere esquivar esas miradas. Porque encararse a esas fotografías y abismarse, aunque sea unos instantes, en la miradas impresas en ellas, implica observar hacia dentro de nosotros mismos y contemplar desde allí el alma de la condición humana: una acción insoportable para algunos con alma averiada. Esos ojos desconocidos son en realidad un espejo que interpela hondo y sin palabras, pues hablan el sui géneris lenguaje de la solidaridad y la empatía. Este idioma tiene pocos hablantes porque es incómodo y ante todo exige riesgo y valentía, dos actitudes vitales que no están precisamente de moda. Pero resulta que este dolor se convirtió en voz, esa voz que un día desapareció tras el auricular de un teléfono y de pronto retornó en el clamor de unas madres unidas por una misma dolencia y desesperación que, explica una de ellas, «se trata de un dolor que no se parece a ningún otro, ni siquiera al dolor ante la muerte, porque este dolor no se ve ni se toca, no hay duelo, está ahí como un fantasma siempre presente, sin forma y sin límites; la desaparición de un hijo es una pérdida que no se parece a otras pérdidas, se trata de aquella que está más allá de todos los límites, fuera de toda comprensión.»

*Tequisquiapan, Querétaro, diciembre de 2013. Dedicado a la caravana de madres de migrantes centroamericanos desaparecidos en México.

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Publicado el 8 diciembre, 2013 en Sin categoría. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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