[CRÓNICA] Tercera vuelta de la Escuelita Zapatista “La libertad según los zapatistas”

Caracol 5

Por Daniela Valera Cato

El llamado de la selva caló tan hondo en el corazón de los mexicanos de todas las latitudes que por eso el rostro oculto de ellos apareció ante nosotros como un espejo, en donde podríamos contemplar nuestro propio rostro aprisionado.

(A. García de León, 1994)

SAN CRISTÓBAL

SAN CRISTÓBAL
Lunes 23 de Diciembre
Centro Indígena de Capacitación Integral- CIDECI.
San Cristóbal de las Casas, Chiapas, México
1.00pm

Nadie sabía en dónde estaba el CIDECI. Muchos ni siquiera habían escuchado tal nombre. ¿El qué? Me decían cuando preguntaba para llegar. ¿Cómo no van a saber? Si está aquí mismo en San Cristóbal les contestaba yo entre desesperada y sorprendida.
Los pocos atrevidos que me respondían siempre decían lo mismo – Usted camínele por aquí derecho como 4 o 5 cuadras y ahí luego luego está-. Después de caminar 4 o 5 cuadras diez veces y más de una hora sin suerte y cargando además de mis 70 kgs. otros 20 de equipaje a mis espaldas decidí parar un taxi. El primer taxista al igual que sus paisanos no tenía ni idea de lo que le estaba hablando, el segundo nomás me dijo que él no iba para allá y como dicen la tercera es la vencida.
Me subí sudorosa al taxi agradeciendo su disposición, pues me dijo que él tampoco sabía pero que por medio de su radio preguntaría a algún compañero. Así lo hizo y emprendimos camino.
Se llamaba Uriel, tendría unos 35 años, piel morena y unos dientes grandes y blancos, los vi por el retrovisor gracias a su agradable sonrisa. Le platiqué mi sorpresa al darme cuenta que nadie pudo decirme con certeza donde estaba el CIDECI, me dijo que no era raro que nadie supiera.- San Cristóbal está dividido, los coletos que somos nosotros los nacidos aquí no se mezclan con los asuntos de las comunidades, y si son zapatistas menos-. Me explicó que en la ciudad había 3 regiones- Está el sur de la ciudad que está invadida por gente de las comunidades pero no son de aquí, son puros indígenas y nadie los quiere; después está el norte donde vivimos los meros coletos, ya somos mestizos pero nacidos aquí mismo; y en el sur poniente viven puros extranjeros, gringos y europeos. La bronca es que a los indios los discriminan mucho y por eso se han hecho aprovechados y muchas veces bien violentos, con ellos mejor ni discutir porque se te echa toda la comunidad encima-. Uriel guardó un breve silencio y después continuó- Yo conozco unos soldados que son muy amigos de mi papá, ellos me platican que en los 90´s el ejército abusaba de los indios y que por eso ellos se rebelaron. Los golpeaban, violaban a las indias y hasta quemaban su siembra y pues ellos tuvieron que defenderse, eso no sale en las noticias. Me acuerdo cuando estaba morrito me tocó ver allá en el monte cientos de muertos indios, así nomás ahí tirados, niños, mujeres, hombres, de todo. Y ahí tirados también sus armas que ni armas eran, eran unos rifles de madera yo creo que nomás para destantear. Pero eso bastó para que los soldados los aniquilaran. Por eso la zona sur de San Cristóbal son puros desplazados, son todos los indios que ya no les quedó nada en el campo y se vinieron aquí a venderles a los turistas. La cosa si está fea, son muchas realidades en un mismo pueblo-. Llegamos al CIDECI en no menos de 15 minutos mientras Uriel me contaba su visión de San Cristóbal, yo guardé silencio y escuché con cuidado. Le di las gracias y le pedí su teléfono por si necesitaba de su ayuda en otro momento, me lo dio con esa sonrisa que sobresalía de su rostro, le pagué y nos despedimos.
Con esta historia San Cristóbal me recibió y me abrió la puerta a un mundo distinto… al mundo de México del Sur donde los muertos se olvidan y lo que sobrevive de nuestros antepasados se convierte en una triste y común charla de taxi.

 Nadie sabía en dónde estaba el CIDECI. Muchos ni siquiera habían escuchado tal nombre. ¿El qué? Me decían cuando preguntaba para llegar. ¿Cómo no van a saber? Si está aquí mismo en San Cristóbal les contestaba yo entre desesperada y sorprendida.

Los pocos atrevidos que me respondían siempre decían lo mismo – Usted camínele por aquí derecho como 4 o 5 cuadras y ahí luego luego está-. Después de caminar 4 o 5 cuadras diez veces y  más de una hora sin suerte y cargando además de mis 70 kgs. otros 20 de equipaje a mis espaldas decidí parar un taxi. El primer taxista al igual que sus paisanos no tenía ni idea de lo que le estaba hablando, el segundo nomás me dijo que él no iba para allá y como dicen la tercera es la vencida.

Me subí sudorosa al taxi agradeciendo su disposición, pues me dijo que él tampoco sabía pero que por medio de su radio preguntaría a algún compañero. Así lo hizo y emprendimos camino.

Se llamaba Uriel, tendría unos 35 años, piel morena y unos dientes grandes y blancos, los vi por el retrovisor gracias a su agradable sonrisa. Le platiqué mi sorpresa al darme cuenta que nadie pudo decirme con certeza donde estaba el CIDECI, me dijo que no era raro que nadie supiera.- San Cristóbal está dividido, los coletos que somos nosotros los nacidos aquí no se mezclan con los asuntos de las comunidades, y si son zapatistas menos-. Me explicó que en la ciudad había 3 regiones- Está el sur de la ciudad que está invadida por gente de las comunidades pero no son de aquí, son puros indígenas y nadie los quiere; después está el norte donde vivimos los meros coletos, ya somos mestizos pero nacidos aquí mismo; y en el sur poniente viven puros extranjeros, gringos y europeos. La bronca es que a los indios los discriminan mucho y por eso se han hecho aprovechados y muchas veces bien violentos, con ellos mejor ni discutir porque se te echa toda la comunidad encima-. Uriel guardó un breve silencio y después continuó- Yo conozco unos soldados que son muy amigos de mi papá, ellos me platican que en los 90´s el ejército abusaba de los indios y que por eso ellos se rebelaron. Los golpeaban, violaban a las indias y hasta quemaban su siembra y pues ellos tuvieron que defenderse, eso no sale en las noticias. Me acuerdo cuando estaba morrito me tocó ver allá en el monte cientos de muertos indios, así nomás ahí tirados, niños, mujeres, hombres, de todo. Y ahí tirados también sus armas que ni armas eran, eran unos rifles de madera yo creo que nomás para destantear. Pero eso bastó para que los soldados los aniquilaran. Por eso la zona sur de San Cristóbal son puros desplazados, son todos los indios que ya no les quedó nada en el campo y se vinieron aquí a venderles a los turistas. La cosa si está fea, son muchas realidades en un mismo pueblo-. Llegamos al CIDECI en no menos de 15 minutos mientras Uriel me contaba su visión de San Cristóbal, yo guardé silencio y escuché con cuidado. Le di las gracias y le pedí su teléfono por si necesitaba de su ayuda  en otro momento, me lo dio con esa sonrisa que sobresalía de su rostro, le pagué y nos despedimos.

Con esta historia San Cristóbal me recibió y me abrió la puerta a un mundo distinto… al mundo de México del Sur donde los muertos se olvidan y lo que sobrevive de nuestros antepasados se convierte en una triste y común charla de taxi.

EL PRIMER VIAJE

2 de Enero de 2013
En algún lugar de Chiapas

Llegando al CIDECI el día 24 de diciembre estaba emocionada y expectante. Ese día salíamos al caracol que nos tocó. En el hostal donde dormí la noche anterior conocí a otras dos compañeras que también iban a Roberto Barrios, Olivia y Mariana.
Mariana tenía 28 años y estaba estudiando su doctorado en Historia; platicamos un rato sobre su tesis cuando supo que yo era psicóloga pues estaba haciendo una investigación sobre la historia del psicoanálisis en México. Intercambiamos algunas ideas mientras Olivia terminaba de desayunar para irnos al CIDECI, ella tenía 37 y había estudiado Artes Visuales. Yo estaba contenta porque no me sentía tan sola. Desde que había salido de León no había conversado realmente con nadie, al menos ahora ya no llegaría sola al lugar de reunión, y no es que la soledad no me guste pero estaba tan excitada por todo lo que pasaba que sentía la necesidad de compartirlo con alguien.
Eran 9.30 am cuando llegamos y nos dijeron que ya había salido la primera camioneta a Roberto Barrios, -fórmense en esta línea compañeras y cuando se junten 20 sale la que sigue- , nos dijo un chaparrito con pasamontañas que traía un gafete de “Apoyo a la Comisión Sexta”. Apenas éramos 7 mujeres.
Junto a nosotros había otras 4 líneas, cada una asignada a cada caracol. En la primera estaban los que se iban a La Realidad “Madre de los Caracoles, Mar de nuestros sueños”, la segunda se iba a Oventik “Resistencia y rebeldía por la humanidad”, la tercera a La Garrucha “Resistencia hacia un nuevo amanecer”, la cuarta a Morelia “Torbellino de nuestras palabras” y la quinta que era la nuestra iba Roberto Barrios “Que habla para todos”. Además de las 5 filas mucha gente iba y venía buscando su lugar, cubriéndose del sol, arreglando su equipaje; eso sí los compas encapuchados quietecitos en sus posiciones observando todo.
Ahí estuvimos como hasta las 11. Pasó un compañero con una lista donde ya tenían nuestros nombres apuntados y con un marca textos verde marcó a los ya presentes y dijo- Agarren sus cosas que ya se van-. Todos nos preparamos y salimos de las instalaciones. Otra compañera chaparrita y de voz fuerte nos dijo – En esta se van 11- mientras señalaba una camioneta de redilas de esas que llevan vacas, era roja con blanco con una lona verde cubriendo la caja- pasen sus maletas arriba y ustedes se meten adentro-. No sé si era el tono imperativo de su voz o el impacto que nos causaban los pasamontañas, pero todos hicimos lo solicitado ordenados y en silencio. Sin embargo yo estaba confundida- ¿¿Aquí nos vamos a ir??- me dije obviamente en silencio volteando a ver desconcertada a los demás tratando de buscar un cómplice de mi sorpresa pero a nadie pareció importarle, así que para prepararme psicológicamente ante lo que me esperaba pregunté al aire- ¿Alguien sabe cuánto tiempo se hace?- una voz lejana sin dueño contestó –Está cerca son como 8 horas-. Pfff…. dije para mis adentros, llevaba más de 15 horas de viaje desde que salí de León.
Nos acomodamos como pudimos, unas en el piso y las demás en unas tablas acomodadas en todo el filo de la caja. Once mujeres estudiantes de la escuelita y el compañero francisco, un joven zapatista de 14 años que iba parado, colgado por fuera de la camioneta.
Arrancamos camino y comenzamos a platicar de lo emocionadas que estábamos, cómo fue que recibimos nuestra invitación y lo que nos llevaba a estar ahí. Entramos a la carretera y poco a poco fuimos guardando silencio y admirando el maravilloso paisaje boscoso. El viento nos quemaba la cara, las vueltas del camino y los topes cada 30 metros sacudían nuestro cuerpo como a los niños en el juego de las tazas de la feria. Comencé a sentir un malestar general y cerré los ojos tratando de distraer mi atención. No sé cuánto tiempo pasó, una o dos horas tal vez cuando hicimos la primer parada en medio de la nada- ¡Para que vayan al baño!- gritó el chofer de la camioneta que era el hermano mayor del compa Francisco que nos cuidaba en la parte de atrás de la camioneta. Todas bajaron buscando un buen arbolito para descargar la emoción, pero yo no me quería ni mover, sentía como aquel raquítico desayuno que tomé en el hostal estaba a punto de salir por donde entró. Me quedé quieta hasta que todas se volvieron a subir y las demás camionetas que venían en caravana estuvieron listas.
-Solo faltan como 2 horas – dijo Francisco en tono burlón al detectar mi malestar. Mariana que iba sentada junto a mí me abrazó y me dio una pastilla – Tómatela que traes un color bien gacho, es para el mareo- . Le hice caso y seguí con los ojos cerrados. Una hora, dos, tres…- ¿No que sólo faltaban 2 horas Francisco?- le dije con la misma voz burlona que él utilizó. Él me sonrió y dijo – Ya solo falta como media-. Todas las compañeras estallaron en risas y Laura, una italiana que hablaba perfecto español le dijo- Ya te cachamos Francisco vienes acá atrás para tenernos tranquilas ¿verdad?, seguro falta un montón-. Francisco no contestó y sonrió de nuevo.
Pasaron algunos minutos y volvimos a parar, esta vez para cargar gasolina. Ahí decidí bajar porque tenía las piernas entumidas, pero de pronto y sin poder evitarlo sentí una fuerte contracción estomacal y comencé a vomitar ya fuera de la camioneta- ¡Sácalo todo morra!- Gritó Natalia, una defeña cara dura, provocando las risas de algunos y los lamentos de otros. Terminé y descansé. Subimos de nuevo a la camioneta con la esperanza de que faltara poco.- Faltan como 2 horas dijo el chofer, si se fijan ya se fue el frío- . Y así era, el clima y el paisaje habían cambiado de un frío que cortaba la piel a un húmedo y agradable calor, los pinos y rocas habían sido cambiados por grandes hojas bananeras y palmeras por todos lados, nos estábamos acercando a la selva.
Emprendimos camino de nuevo y la algarabía por la próxima llegada se hizo visible. Elisa una brasileña del colectivo Pase Libre sacó el libro de Cuentos del Viejo Antonio y Mariana se apuntó a leer diciendo que ya estaba acostumbrada a leer en movimiento. Entre el vaivén del transporte, y el viento ahora cálido sentimos la voz de Marcos que a través de nuestro corazón nos habló de la historia de los sueños y el origen del arcoíris. Ya estábamos cerca.
Cuando Mariana terminó de leer, Natalia sacó su jarana y endulzó las últimas horas del camino con su son jarocho. Me sentí parte del mundo, de un mundo donde caben muchos mundos y solo pude llorar.

 

LA BIENVENIDA

Miércoles 25 de diciembre
Caracol V Roberto Barrios QUE HABLA PARA TODOS
Chiapas, México
8.00 am

Son las 9.00 am del frente. La noche de ayer pasó entre ruido de selva, humedad y una leve punzada en la espalda que se intensificaba en cada intento del cuerpo de buscar inútilmente una mejor posición, aun así dormí más tranquila que nunca.
Ayer anduvimos 8 horas en una camioneta de redilas en un camino de curvas infinitas. Una desviación antes de la Ciudad e Palenque nos trajo hasta aquí. Ya estaba oscuro cuando llegamos, eran como las 7.00 pm, la camioneta paró y después de unos segundos de silencio absoluto se oyeron aplausos y después un ¡VIVA! Que retumbó en mis oídos a través de cientos de voces al unísono, la piel se me enchinó. Bajamos emocionadas o más bien conmocionadas de la camioneta todavía sin ver nada. Poco a poco se aclaró nuestra vista, serían como 250 o 300 encapuchados haciendo una valla desde la camioneta hasta la entrada del auditorio principal de las instalaciones del Caracol V, tal vez eran menos pero la visión era imponente. Una mujer con una camiseta verde y cubriendo su rostro con un pasamontañas se mantenía en posición de firmes en la puerta del acceso. Entre asustados y confundidos comenzamos a caminar entre la valla de hombres y mujeres que nos daban la bienvenida con aplausos mientras nuestro corazón latía al compás de las consignas que a todo pulmón o más bien a todo corazón gritaban.

– ¡Viva el Ejército Zapatista de Liberación Nacional! ¡VIVA!
¡Vivan los estudiantes de la escuelita! ¡VIVA!
¡Vivan los maestros dela escuelita! ¡VIVA!
¡Vivan los guardianes y guardianas! ¡VIVA!
¡Vivan las mujeres de la resistencia! ¡VIVA!
¡Vivan los hombres verdaderos! ¡VIVA!
¡Vivan las mujeres verdaderas! ¡VIVA!
¡Viva nuestro General Comandante Emiliano Zapata! ¡VIVA!
¡Viva la democracia verdadera! ¡VIVA!
¡Viva la libertad! ¡VIVA!
¡Viva la justicia! ¡VIVA!
¡Viva la justicia! ¡VIVA!
¡Viva la justicia! ¡VIVA!

Todos, compañeros y compañeras unidos por una misma voz, para el tercer viva los recién llegados también gritábamos con todas nuestras fuerzas.
Mi piel lo sintió, mi corazón se alegró y aquel plato de arroz con frijoles que nos dieron nada más entramos no sólo alimentó mi cuerpo sino también mi alma.
Hoy después de desayunar estamos reunidos esperando instrucciones. Yesenia mi guardiana espera junto a mi sonriente y paciente.

Yesenia tiene 17 años, ella viene del municipio Vicente Guerrero. Cuando nos asignaron lo primero que me dijo fue- Feliz Navidad- con un acento extraño pero amigable. Aunque su pueblo no festeja la fecha ella sabe que en otros mundos era nochebuena. No encuentro mejor forma de “celebrar”. Nos abrazamos y solo atiné a decir muchas gracias y la abracé, mi corazón estaba contento.

LA COMUNIDAD

Jueves 26 de Diciembre de 2013
Comunidad 20 de Junio TIERRA RECUPERADA
Municipio el Trabajo, Zona de Israel. Caracol V Roberto Barrios
Casa de Alejandro, Ana y Saraí
12.00 pm

Mientras reposábamos sentados en la tierra tomando un vaso de pozol, Alejandro me platicó que él llegó a la comunidad la tercera vez que recuperaron la tierra. – Después de nuestros ancestros un terrateniente llegó y ocupó estas tierras desplazando a los choles. Un día llegaron las máquinas esas que aplanan la tierra y les dieron 2 horas para salirse, los tiraron a mitad de carretera y quemaron sus casas así nomás. Pero lo que ellos no sabían es que no estamos solos, costó algunos años pero los compañeros llegaron y entre todos después de un tiempo recuperamos las tierras. Después de la primera vez la comunidad se quedó vigilada día y noche por los compañeros porque las tierras recuperadas son las primeras que el gobierno vuelve a atacar. Pero ahora después de la última vez el 20 de junio del 2010 la tierra no tiene dueño, es de todos y para todos. Aquí la trabajamos. Yo llegué hace 3 años cuando recién se formó de nuevo, por eso se llama 20 de junio la comunidad por la última vez que la recuperamos.

Si tenemos que escoger entre caminos, siempre escogeremos de la dignidad. Si encontramos una paz digna, seguiremos el camino de la paz digna. Si encontramos una vida digna seguiremos viviendo. Si por el contrario, la dignidad significa muerte entonces iremos sin dudarlo a encontrarla (Sub Comandante Marcos, 20 de enero de 1994)

4.00 pm
¿Yessi, alguna vez has pensado en conocer otros lugares?- le pregunté mientras desgranábamos maíz. – Pues sí, la verdad sí, , pero también pienso cuando te veo aquí que estoy contenta que la organización traiga a ustedes de todo el mundo aquí. No puedo viajar pero a través de tí conozco tu pueblo y tu gente como tú lo haces a través de mí. Además yo los veo y son iguales a nosotros y así en todo el mundo-.

10.30 pm (palabra de Yesenia)

A veces yo sé que en la organización no se pueden hacer cosas como viajar porque yo no tengo registro oficial. Pero está bien, es un pequeñito sacrificio que hacemos para las generaciones nuevas, porque cuando triunfemos todos vamos a poder caminar por todos lados sin miedo y sin límites. Porque todo es de todos.

LA VACA ROTA

Domingo 29 de diciembre de 2013
Caracol V Roberto Barrios QUE HABLA PARA TODOS
Chiapas, México
4.00 pm

Hoy terminó la visita con las familias. No he podido pensar. No sé si es nostalgia, o tristeza o cansancio. Estoy en silencio desde que le pregunté a Yessi por Marcos. Ayer en la noche a la hora de la cena nos sentamos los cinco a la luz de la veladora de petróleo que apenas me permitía ver la sombra de sus rostros. Ahí estábamos Ana y Saraí, Alejandro, Yesenia y yo cenando el bistec que tuvimos que hacer porque la carne se echa a perder pronto con el calor. No era el plan, pero en la mañana que fuimos al potrero para hacer el trabajo colectivo con el ganado hubo un accidente y mataron a una vaca.
En esta zona hay mucha lluvia y el lodo llega a las rodillas en el potrero. No hay momento que los animales puedan estar secos y sus pezuñas se empiezan a enfermar, se llenan de hongos que hacen que se pudran sus patas poco a poco. Le dicen hormiguillo y cuando empieza a crecer la vaca sufre, le duele. Por eso hay que ir al potrero a curarla cada tercer día. Había 2 vacas malas. Entre todos los compas, estudiantes y estudiantas salimos a las 6 de la mañana para el potrero.
Alejandro tiene una yegua preñada, “La gaviota”, que lo acompaña para allá porque caminar es muy difícil, todo el camino es pantano. Sin dudarlo antes de salir me prestó sus botas de plástico y me indicó que me subiera al caballo para llegar hasta allá. Solo otro compa estudiante y yo íbamos a caballo. Todos los demás caminaron. Al principio me dio miedo pero entre Alejandro y Yessi me explicaron como tenía que agarrarme, manejarlo y sentarme para no cansarme. Yesenia me veía fijamente todo el tiempo cuidando cada movimiento, – Mi trabajo es regresarte a tu casa igualita que como llegaste, sin un rasguño. Así que agárrate bien, de todos modos aquí voy a lado- me dijo muy seria en su papel de guardiana. Ella iba descalza.
Anduvimos como una hora. La mañana estaba fresca, el paisaje era precioso. Pastizales y un cielo azul claro con delgadas nubes aborregadas que lo cubrían de principio a fin. Mi corazón estaba feliz, mi cuerpo estaba feliz. Pensé por un segundo que ahí, así como estaba podría morir en paz, y no porque me quisiera morir, pero siempre he pensado que si pudiera escoger mi muerte, definitivamente sería un momento así. Brisa fresca, mañana clara, silencio y el corazón feliz, sobre todo eso… con el corazón feliz.
Cuando llegamos al potrero los compas buscaron al ganado para llevarlo al corral. Ahí tardaron tratando de amarrar a las vacas enfermas para curarlas, pero la cosa se complicó. Había muchos compas y estudiantes viendo y las vacas estaban inquietas. El compa Rigoberto, un indio flaco pero garrudo con sombrero azul era el que le sabía a la lazada y dirigía a los demás para amarrar a la vaca, pero la vaca estaba asustada, se movía mucho y la cuerda en vez de amarrar sus patas amarró su panza. Trató de escaparse pero el lodo le llegaba muy arriba y cuando los compas la jalaron la vaca cayó sin poder sacar la pata del pantano. Se escuchó un ruido como de madera que se parte en 2 y un segundo después un alarido desgarrador. La vaca trataba de levantarse pero ya no pudo, se rompió las 2 patas de atrás.- ¡Hay que matarla compa!, ¡rápido porque le duele!- gritó Rigoberto a Alejandro. -¿Matarla? ¿Cómo que matarla? ¡Ayúdenla!- dije en voz alta sin darme cuenta, en ese momento Yessi me agarró de la mano y me llevó unos pasos lejos del corral y me explicó que no se puede, que su vida en el campo ya no se iba a poder y que había que matarla por su bien, ella estaba preocupada por mí y yo por la vaca, nunca había visto como mataban a un animal. El compa Rigoberto sacó su machete y lo encajó justo en la parte de atrás del cráneo de la vaca donde nacen sus cuernos, me dijeron que para trozarle los nervios y dejara de sufrir. Después, un machetazo justo en el corazón. Empezó a cubrirse todo de rojo y yo mejor me fui a sentar en la sombra de un árbol que estaba junto al potrero, y una vez más solo pude llorar.
-Ese no era el plan- me dice Alejandro -pero hay cosas que pasan y ni modo. Ahora nos toca comer vaca- y esbozó esa sonrisa desdentada que nunca voy a olvidar; tenía 31 años pero ya no tenía casi dientes, nunca le pregunté por qué.

Entonces ahí estábamos, cenando el bistec que Ana tuvo que preparar con la vaca que mataron en la mañana. Sabíamos que esa era la última noche de la escuelita en la comunidad. Estaba todo en silencio y de pronto les dije- Pues hoy es la última noche, me siento muy agradecida y afortunada de haber estado en su casa. Gracias por enseñarme, por alimentarme y darme techo y sin más las lágrimas me sobrepasaron y la voz se me quebró. La emoción se apoderó de mí y comencé a hablar atropelladamente de todo lo que pasaba por mi cabeza como si el tiempo se me terminara, y si sabía que el tiempo ahí se me terminaba.
Yessi me miraba fijamente, Ana comía su caldo con Saraí en los brazos sin voltear a verme y a Alejandro se le rozaron los ojos mientras me veía con una mirada sabia, tranquila y compasiva. Les dije lo maravilloso que fue para mí estar ahí, lo emocionada que me sentí cuando recibí la invitación; nombré cada cosa que estremeció mi corazón en esos días. Su sonrisa, el cielo estrellado, mi paseo en La Gaviota, la vaca rota, el pollo desplumado, el agua del pozo, las gallinas y sus pollitos, el pozol, sus miradas a través del pasamontañas, sus pies descalzos, la milpa, el sonido de los grillos, los pastizales, los niños con las panzas infladas corriendo por todo lados, sus conversaciones inentendibles en chol, el barro, el árbol de tamarindo, el cerdo gigante del vecino, la hierba mora, la gallina culeca, los monos saraguatos que gritan como osos, la flor de Jamaica, la boca de Ana, la mesa llena de hormigas, la flor de nim, los plátanos cuadrados, el pozol agrio, la yuca, la tiendita colectiva que reúne a todos después del trabajo, los machetes, el chilar, la voz del gallo antes del amanecer, el pecho de Ana desnudo alimentando a Saraí, el pan crema, las galletas de animalitos, el café, el olor a leña, las risas de las señoras a la hora de lavar la ropa, la humedad, la comunidad, el espíritu de lucha. No sé si solo dije eso o más, pero me callé de pronto, contuve el aliento y con más calma les dije – Gracias, son ejemplo, son esperanza para mi corazón y para el mundo- y seguí llorando.
Después de darle un sorbo al café, Ana volteó a ver a Alejandro y él me dijo- Esta es tu familia, eres compañera, nuestra lucha es tu lucha y la de todos. Todo está bien compañera- No fue pregunta, lo dijo afirmándolo con fuerza. Yo con la voz todavía entrecortada susurré- Sí, todo está bien. En ese momento, en ese lugar nada podía estar mejor.

La lucha del EZLN no es sólo para los zapatistas, no es solo para los chiapanecos, ni solo para los indígenas. Es para los mexicanos todos y para los pueblos del mundo
(Subcomandante Marcos, 2 de febrero de 1994)

 

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Publicado el 20 marzo, 2014 en Sin categoría. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. guillermo flores j

    me parecio muy buena la cronica, logre adentrarme a las cosas que contabas detalladamente, me dejaste sin palabras por todo lo que pasaste y aguantaste para poder llegar al destino, mi gran admiracion para ti,que el universo te multiplique mil veces mas con buena vibra y mas fuerza,, animo!!
    no se mucho acerca de este movimiento pero me interesa lo que se hace y me gustaria apoyar de alguna manera,
    estoy para lo que se les ofresca,saludos.

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